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No hay evidencia más sólida que la que confirma nuestros propios prejuicios. Eso está claro. El fotógrafo Miguel Ángel Morenatti twitteó una foto de John Blanding en la que se veía un montón de gente tratando de enfocar y fotografiar lo que pasaba mientras una anciana lo miraba tranquilamente apoyada en una valla.

A día de hoy, el tweet reúne casi catorce mil retweets y el comentario que lo acompañaba, “estamos perdiendo la capacidad de disfrutar de los momentos importantes”, va camino de convertirse en el aforismo de la semana. ¿Estamos perdiendo la capacidad de disfrutar de las cosas importantes? Rotundamente no. De hecho, es posible que el problema sea el contrario: que, como disfrutamos, acabamos teniendo miedo a perdernos algo. Lo que sea.

Una imagen vale más que mil palabras

La foto de Blanding fue tomada en la premier de Black Mass, la última película de Jonhy Deep Johnny Depp. Está claro (y que me perdonen los deepLovers) que no es el tipo de cosas que entra en la definición de ‘cosa importante’ para la mayoría de la gente.

No obstante, la imagen es paradigmática porque toda persona que haya asistido a un concierto en los últimos años, habrá visto a decenas de personas grabándolo con el móvil y, sobre la marcha, habrá sentido unas ganas irrefrenables de coger dicho móvil y, en fin, reventarlo contra el suelo.

“Si hasta el mismísimo Benedict Cumberbatch tuvo que pedirles a sus fans que dejaran los móviles en sus bolsillos“, me diréis. Y es verdad, pero por alguna extraña razón, tendemos a pensar que este tipo de comportamientos es típico de nuestros días, cuando la verdad es esta:

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La imagen del presidente Richard Nixon siendo fotografiado por decenas de jóvenes en el 69 fue publicada como respuesta al tweet de Morenatti por Cupto unas horas después. Frente a los catorce mil retweets del tweet original, esta tiene diecisiete. No conecta con el zeitgeist de nuestro tiempo.

¿Estamos perdiendo la capacidad de disfrutar de las cosas importantes?

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No. Para nada. En absoluto. Si volvemos a la foto del principio es evidente que (aun pegados al móvil) disfrutar estaban disfrutando; por lo tanto la pregunta clave es “¿Qué son y quién decide las cosas importantes?”.

En el fondo, bajo esta pregunta se esconde una falacia con la que nos enfrentamos constantemente: la tendencia a identificar la realidad de nuestro entorno con la realidad en general, lo normal para nosotros con lo normal para todos.

Cuando a los vecinos del pueblo cacereño de Guijo de Galisteo se les convocó a un referéndum sobre cómo gastar 15.000 euros del presupuesto municipal, nadie nos esperábamos que decidieran destinar la mayor parte a los toros a costa de las políticas de empleo que proponía el ayuntamiento. Pero, ¿de verdad podríamos decir que los guijiteños habían olvidado ‘las cosas importantes’? No lo creo. Ellos sabían qué cosas eran importantes, el problema era que esas cosas no coincidían con las de los medios nacionales.

Este fenómeno está detrás, también, de una de las “cuestiones” más conspiranoicas de la Historia: la paternidad de las pirámides. Un argumento que suelen esgrimir los que sostienen que las pirámides tuvieron ayuda extra es que las pirámides tardías son técnicamente menos complejas que las pirámides clásicas. La respuesta a esta cuestión es más simple de lo que parece: para los faraones del Imperio Nuevo sencillamente las pirámides dejaran de ser tan importantes y prefirieron construir hipogeos en la zona de Tebas.

No es que hayamos dejado de tener la capacidad de disfrutar, es que las cosas con las que disfrutamos han cambiando.

He estado buscando alguna investigación que hablara sobre cómo podríamos “disfrutar menos” como sociedad, pero la conclusión siempre es la misma: No es que hayamos dejado de tener la capacidad de disfrutar (como no dejamos de tener la capacidad de hacer pirámides), es que las cosas que nos importan van cambiando.

Hace 12 decenas de años, ver algo maravilloso en persona era importante como ahora. Y mirarlo con la mandíbula desencajada, con los ojos a punto de salirse de las cuencas y con el corazón desbocado era la forma apropiada de hacerlo. Hoy parece que la forma apropiada de ver algo maravilloso ha cambiado para muchos de nosotros: ahora es grabándolo con el móvil o contándolo en redes sociales. Poco importa si es por postureo o para compartir esa experiencia con la gente a la que queremos.

Porque sí, reconozcamos que hay mucha gente que no respeta o que directamente desprecia los derechos de los demás (¡Ay, esos móviles en los conciertos!). Pero eso no es ni una excentricidad de nuestra época, ni producto de la tecnología.

¿Y si el problema fuera justo el contrario?

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¿Alguna vez habéis tenido la sensación de que os estabais perdiendo algo importante? Andrew K. Przybylski, psicólogo de la Universidad de Essex, lleva estudiando el ‘Miedo a Perderse Algo’ (FoMO, por sus siglas en inglés) desde que en 2011 leyó un artículo en el New York Times y, al irse a buscar investigación sobre el tema, se dio cuenta de que no había nada.

En 2013, publicaron una investigación muy interesante, ¡la primera investigación seria sobre el tema!, en la que proponían una forma de evaluar este tipo de ansiedad y la relacionaban con otros factores psicosociales.

El cuestionario que utilizaron (del que hay una versión online) ayuda a entender de qué estamos hablando. Algunas preguntas son:

  • “Es importante para mí entender las bromas de mis amigos”,
  • “Tengo miedo de que mis amigos tengan experiencias más satisfactorias que yo”
  • “Siento ansiedad si no sé qué están haciendo mis amigos”
  • “Cuando estoy pasando un buen rato, es importante para mi compartir detalles online”
  • “Me enfado si mis amigos se están divirtiendo sin mi”
  • “Me molesta cuando pierdo la oportunidad de quedar con mis amigos”
  • “A veces, me pregunto si paso demasiado tiempo tratando de averiguar qué está pasando”.

Los resultados indicaban que las personas que presentaban una menor autonomía, conectividad (número de relaciones) o competencia social, presentaban también mayores índices de miedo a perderse algo. No está claro aún cual es el motivo: si la falta de autonomía, genera FoMO o el FoMO genera falta de autonomía. Pero lo más probable es que sea un dos factores que acaban por retroalimentarse.

El hecho de que el ‘miedo a perderse algo’ esté muy relacionado con el uso excesivo de las redes sociales (Przybylski, 2013) refuerza la idea de los círculos viciosos: el miedo hace que usemos más las redes sociales (porque son entornos más seguros) y, a su vez, ese (ab)uso impide que desarrollemos nuestra autonomía y competencia social en entornos no virtuales (y, por lo tanto, la ansiedad relacionada con el FoMO). El resultado es una trampa de la que es difícil de escapar.

Hay que ser prudentes, el estudio de las complejas interacciones entre la ansiedad y la tecnología está aún en pañales y no podemos llegar a conclusiones grandilocuentes. No obstante, todo parece indicar que sean cuales sean las consecuencias de las nuevas tecnologías en las personas la solución no pasa por bombardearlos con mensajes moralistas, sino empoderarlos para que sean capaces de decidir qué cosas son importante para ellos.

Imagen | roland, tom@hk

Vía Magnet

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